Una historia sin igual

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Como cristiano, creo que vivimos en mundos paralelos. Un mundo consiste de colinas, lagos, granjas, políticos y pastores que vigilan a los rebaños en la noche. El otro consiste de ángeles y fuerzas siniestras, y en algún lugar por ahí, lugares llamados cielo e infierno. Una noche, en medio del frío y de la oscuridad, entre las colinas onduladas de Belén, esos dos mundos se juntaron en un punto de intersección.

Dios, quien no tiene ni antes ni después,
entró en el tiempo y el espacio.

Dios, quien no conoce límites, asumió los confines sorprendentes de la piel de un niño, las limitaciones ominosas de la mortalidad.

“Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación”, escribiría luego un apóstol; “Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.” Pero los pocos testigos oculares de la noche de Navidad no vieron nada de eso. Vieron a un bebé que se esforzaba en usar unos pulmones flamantes.

¿Sería verdad este relato de Belén de un Creador que desciende para nacer en un pequeño planeta? De serlo, es una historia sin igual . . . No sorprende para nada que un coro de ángeles cantara espontáneamente un cántico, perturbando no sólo a unos pocos pastores sino a todo el universo.

–Philip Yancey
El Jesús Que Nunca Conocí

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