Mirando y Olvidando

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Porque si alguno es oidor de la Palabra 
pero no hacedor de ella, éste es semejante 
al hombre que considera en un espejo 
su rostro natural . . . y luego 
olvida cómo era.

–Santiago 1:23,24

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El objetivo

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Nuestro objetivo no es
conocer el libro del Señor;
es conocer al Señor del libro.

–Rick Joyner

El propósito de la Biblia

Las Escrituras son lo que Dios usa para atraernos hacia Él. Las Escrituras nacieron de Dios, fluyen hacia Cristo, y nos fueron dadas para conducirnos a Cristo. Tú debes, por lo tanto, ir por las Escrituras, como siguiendo a una línea hasta llegar a Cristo, quien es el fin del camino y el lugar de reposo.

–William Tyndale
(c. 1492 – 1536)

Published in: on 17 julio 2012 at 5:53 pm  Dejar un comentario  
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El tema central

Cristo no es otro personaje en la Biblia. Él no es los capítulos 23-25 en una novela de 30 capítulos. Él es la novela. Él es el único personaje que necesitamos conocer. El libro entero tiene que ver con presentárnoslo en cuadros y lenguaje que podemos entender.

–Michael Spencer

Ahora me glorío en el Señor

 

“En Jehová se gloriará mi alma; lo oirán los manos, y se alegrarán.” (Salmos 34:2)

YO SOLÍA GLORIARME en conocer las Sagradas Escrituras. Cuando alguien preguntaba por algún versículo en la Biblia, casi siempre podía indicarle donde encontrarlo. Cuando yo estaba presente, ¡no hacía falta una concordancia! Yo creía que el conocimiento bíblico era sinónimo de espiritualidad. ¡Y de pronto me di cuenta que los que mejor conocían la Biblia en los Evangelios fueron quienes mataron a Jesús! Tuve que darme cuenta que conocer el libro de Señor no es lo mismo que conocer al Señor del libro. Comencé a entender que no es asunto de acumular información acerca de Dios, sino de entrar en una relación con El. Cristo dijo: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí…” (Juan 5:39, 40). Ahora no me conformo con conocer la Palabra escrita—quiero conocer a la Palabra viva. AHORA ME GLORÍO EN EL SEÑOR.

YO SOLÍA GLORIARME en cuán bien lograba vivir la vida cristiana. Yo establecía normas elevadas, las defendía con fervor, y buscaba vivir a la altura de ellas. Me daba satisfacción pensar que me encontraba un tanto más arriba que otros cristianos que no se regían con esas normas—o ni siquiera las conocían. ¡Me sentía orgulloso de mi humildad! ¡Cuán difícil me resultó reconocer que la espiritualidad no consiste en cumplir normas, sino en “la fe que obra por el amor” (Gálatas 5:6)! Y tuve que descubrir que mis actitudes de crítica y juicio eran pecados peores que “las faltas” que yo censuraba en otros. Yo estaba condenando pajas mientras que yo cargaba un tronco. Mi espiritualidad resultó ser ficticia. AHORA ME GLORÍO EN EL SEÑOR.

YO SOLÍA GLORIARME en no haber cometido algunos de los pecados escandalosos en los que otros se atrapaban. El pensar que yo no me había deslizado en esos hoyos, me proporcionaba bastante satisfacción; me daba un sentido de superioridad moral. Sin embargo, tuve que darme cuenta que en mí había monstruos mucho más aborrecibles aun—como el orgullo y la auto justicia. ¡Y estos pecados eran los más graves de todos! Además me hacía falta entender que en mi corazón existía el pleno potencial de cometer cualquiera de esos pecados “escandalosos.” Si no lo he hecho, no es gracias a alguna virtud mía; es gracias a El. AHORA ME GLORÍO EN EL SEÑOR.

YO SOLÍA GLORIARME en mi relación con congregaciones que buscaban funcionar en base al padrón neo-testamentario. Yo creía que hacíamos las cosas correcta y bíblicamente—¡no como otros que ignoraban estos principios bíblicos! Me llevó bastante tiempo reconocer que nuestro llamado no era simplemente hacer las cosas correctamente según la Biblia. Somos llamados a manifestar a Cristo—y en ese campo estábamos lejos de la meta. Seguir un padrón (aunque sea bíblico) te puede volver orgulloso; seguir a una Persona te mantendrá humilde. AHORA ME GLORÍO EN EL SEÑOR.

YO SOLÍA GLORIARME en mis buenas posiciones doctrinales. Tenía la seguridad de contar con capítulo y verso para apoyar mis convicciones bíblicas. ¡Qué bien podía debatir las menudencias teológicas! Mi ortodoxia me proporcionaba cierto rango espiritual más arriba de aquellos que no eran similarmente iluminados. Sin embargo, las Escrituras afirman: “Si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo” (1 Corintios 8:2). ¡Fue un abridor de ojos comprender que yo me encontraba en la categoría de los que no saben nada! Mis pretensiones de tener buena doctrina comenzaron a desvanecerse al entender que por más conocedores que seamos, todos “vemos por espejo oscuramente” (1 Corintios 13;12). Ahora me doy cuenta que no tengo motivo alguno para jactarme de mis supuestos conocimientos. AHORA ME GLORÍO EN EL SEÑOR.

YO SOLÍA GLORIARME en haber esquivado los muchos errores que abundan en el escenario evangélico. Al ver a algunos arrastrados por nuevas corrientes extremistas, me fue muy fácil criticarlos. ¡Qué lamentable que otros carecieran de discernimiento espiritual! ¡Cuán pocos nos mantenemos firmes en la verdad de Dios! Sin embargo, mis actitudes condescendientes sufrieron un revés cuando me topé con Filipenses 2:3: “antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo.” ¿Qué es lo que me hacía pensar que podía poseer la verdad de Cristo, mientras había en mí una total ausencia de la mente y actitud de Cristo? Mi jactancia resultó ser vana. AHORA ME GLORÍO EN EL SEÑOR.

YO SOLÍA GLORIARME en mi trayectoria de servicio cristiano. Había invertido buenos años en ganar a otros para Cristo, enseñar la Palabra, y servir en la Obra. Creía haber hecho una contribución positiva al reino de Dios. Sin embargo, me faltaba aprender lo que Pablo había afirmado: “he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15;10). Ahora me doy cuenta que si una rama lleva fruto es enteramente gracias a la vid. El Señor dijo: “separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Aprender eso fue difícil, pero crucial. Lo que tiene valor no es lo que nosotros hacemos, sino lo que El hace a través de nosotros. AHORA ME GLORÍO EN EL SEÑOR.

YO SOLÍA GLORIARME en mi logros en distintas áreas. Estoy comenzando a entender que ninguno de estos son motivo para auto felicitarme—sólo son motivo de gratitud. El apóstol Pablo formuló estas preguntas escudriñadoras: “Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que nos hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7). Estoy aprendiendo que existe una sola razón para gloriarme. AHORA ME GLORÍO EN EL SEÑOR.

“Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Más alábase en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra…” (Jeremías 9:23,24).

“Pero lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14).

(El autor de este ensayo es un misionero que se siente fuertemente tentado a gloriarse en haber escrito tan buen artículo.)

 

El camino es una Persona

“El Camino no es un principio o una fórmula sino una Persona. Caminar en la Verdad no es meramente asimilar y aceptar ciertos hechos espirituales, sino que es seguir a una Persona. El Engaño no consiste en malinterpretar doctrinas o principios; el engaño es estar fuera de la voluntad de Dios. Podemos conocer con precisión toda la verdad y aún ser desobedientes.

Nuestra meta va más allá
de sólo conocer el libro del Señor;
es conocer al Señor del libro.

Podemos memorizar la Biblia y no conocer a la Palabra misma. Jesús es la Verdad, y El es la suma de todas las verdades aisladas que fueron restauradas o serán restauradas en el siguiente mover de Dios. Nunca más debemos permitir que seamos distraídos de la sencillez de la devoción a Cristo Mismo.”

-Rick Joyner

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